En 1961, con tan solo diecinueve años Francisco Bellorín
dejó su casa para descubrir el resto del mundo y estudiar arte en Europa. Zarpó desde Venezuela en viaje por barco, que durante el recorrido, tuvo un problema mecánico. El crucero sufrió un
incendio, y se hundió. Los viajeros y los tripulantes usaron
pequeños botes y llegaron a la Isla de Granada.
La mayoría de las personas perdieron todo su equipaje y
sus pertenencias, y tambien el joven Francisco Bellorín que perdió hasta el dinero que llevaba
con él. Sin embargo, a pesar de no haberle quedado nada y de no tener
comunicación con sus padres, continuó su viaje, que era su sueño.
Buscó ayuda porque necesitaba dinero y ropas, una buena
familia lo asistió. En la isla no había embajada de Venezuela, recibió entonces
un certificado de oficiales locales para continuar su trayecto.
Después de varios días viajando, llegó a Napole, Italia y
envió un telegrama a sus padres que decía “Finalmente llegué, estoy en Italia,
estoy feliz, los extraño. Los amo, Francisco”.
Tomó un tren desde Napole a París donde se inscribió en la
Escuela Superior de Arte. Llegó en el invierno, el clima estaba muy frío y se
enfermó con bronquitis. Afortunadamente, conoció un médico en la embajada de
Venezuela que lo ayudó a curarse.
Al principio, logró acomodarse en un hotel económico, y
después de varios días recibió una compensación por el naufragio del barco en el que inició su viaje, que le
permitió alquilar un pequeño apartamento en el centro de París. Estudió las corrientes artísticas y sus pintores destacados y realizó varias obras que logró vender. Además,
aprendió muy bien el francés.
Después que vivió un año en París, se mudó a Italia, Roma.
Francisco deseaba continuar los estudios allí, pero la escuela de arte tenía
problemas y cerró en ese período. Llegó a conocer a un profesor que trabajaba
el grabado, que es una forma de impresión de imagenes y lo invitó a trabajar en conjunto. De manera que aprendió nuevas
técnicas, trabajó con mucha dedicación para perfeccionarse en esa disciplina. En Roma, Francisco tuvo la
oportunidad de estudiar italiano, y logró la habilidad de hablarlo muy bien.
Un año después, viajó a Madrid, España y Tánger, Moroco. En
aquellos lugares continuó su investigación y aprendizaje sobre el arte. Se tomó
un año estudiando y trabajando arduamente, conociendo lugares y personas de interés artístico, que luego serían amistades perpetuas.
Luego viajó a Bruselas, Bélgica. En esa ciudad conoció un
grande y brillante artista, también especialista en grabado que lo invitó a trabajar
con él a su lado y lo protegió como un hijo. El joven Francisco disfrutó su estadía en
Bruselas. Continuó aprendiendo y mejorando las técnicas y habilidades en procesos de impresión creativa y diseños.
Durante todos estos años viajando por Europa, se forjaron bellos momentos, alcanzando un aprendizaje de calidad internacional y de profundo impacto para su
carrera, conoció lugares interesantes y buenos amigos, tuvo la oportunidad de
aprender también varios idiomas.
Francisco Bellorín pasó por momentos muy difíciles como
estar lejos de casa, enfermar y encontrarse solo, no tener suficiente dinero para
comprar cosas que necesitaba y deseaba; tener frio y no tener una buena
calefacción o no poder comprar ropa apropiada. Pero a pesar de todas esas
dificultades fue una experiencia maravillosa para él, consiguó su sueño hacerse realidad.
En 1965, regresó a Caracas, Venezuela y después de dos
meses, un amigo lo llamó y le informó que en la escuela de Arte de Maracaibo
estaban necesitando un profesor. Entonces decidió mudarse a esa ciudad, Francisco se convirtió en maestro de arte, había logrado su sueño, y le brindó a las Artes en Venezuela un interesante aporte, todo adquirido en su perfección.


