domingo, 2 de diciembre de 2018

El Naufragio de un viaje que lo llevó a un sueño




En 1961, con tan solo diecinueve años Francisco Bellorín dejó su casa para descubrir el resto del mundo y estudiar arte en Europa. Zarpó desde Venezuela en viaje por barco, que durante el recorrido, tuvo un problema mecánico. El crucero sufrió un incendio, y se hundió. Los viajeros y los tripulantes usaron pequeños botes y llegaron a la Isla de Granada.
La mayoría de las personas perdieron todo su equipaje y sus pertenencias, y tambien el joven Francisco Bellorín que perdió hasta el dinero que llevaba con él. Sin embargo, a pesar de no haberle quedado nada y de no tener comunicación con sus padres, continuó su viaje, que era su sueño.
Buscó ayuda porque necesitaba dinero y ropas, una buena familia lo asistió. En la isla no había embajada de Venezuela, recibió entonces un certificado de oficiales locales para continuar su trayecto.
Después de varios días viajando, llegó a Napole, Italia y envió un telegrama a sus padres que decía “Finalmente llegué, estoy en Italia, estoy feliz, los extraño. Los amo, Francisco”.
Tomó un tren desde Napole a París donde se inscribió en la Escuela Superior de Arte. Llegó en el invierno, el clima estaba muy frío y se enfermó con bronquitis. Afortunadamente, conoció un médico en la embajada de Venezuela que lo ayudó a curarse.
Al principio, logró acomodarse en un hotel económico, y después de varios días recibió una compensación por el naufragio del barco en el que inició su viaje, que le permitió alquilar un pequeño apartamento en el centro de París. Estudió las corrientes artísticas y sus pintores destacados y realizó varias obras que logró vender. Además, aprendió muy bien el francés.
Después que vivió un año en París, se mudó a Italia, Roma. Francisco deseaba continuar los estudios allí, pero la escuela de arte tenía problemas y cerró en ese período. Llegó a conocer a un profesor que trabajaba el grabado, que es una forma de impresión de imagenes y lo invitó a trabajar en conjunto. De manera que aprendió nuevas técnicas, trabajó con mucha dedicación para perfeccionarse en esa disciplina. En Roma, Francisco tuvo la oportunidad de estudiar italiano, y logró la habilidad de hablarlo muy bien.
Un año después, viajó a Madrid, España y Tánger, Moroco. En aquellos lugares continuó su investigación y aprendizaje sobre el arte. Se tomó un año estudiando y trabajando arduamente, conociendo lugares y personas de interés artístico, que luego serían amistades perpetuas.
Luego viajó a Bruselas, Bélgica. En esa ciudad conoció un grande y brillante artista, también especialista en grabado que lo invitó a trabajar con él a su lado y lo protegió como un hijo. El joven Francisco disfrutó su estadía en Bruselas. Continuó aprendiendo y mejorando las técnicas y habilidades en procesos de impresión creativa y diseños.
Durante todos estos años viajando por Europa, se forjaron bellos momentos, alcanzando un aprendizaje de calidad internacional y de profundo impacto para su carrera, conoció lugares interesantes y buenos amigos, tuvo la oportunidad de aprender también varios idiomas.
Francisco Bellorín pasó por momentos muy difíciles como estar lejos de casa, enfermar y encontrarse solo, no tener suficiente dinero para comprar cosas que necesitaba y deseaba; tener frio y no tener una buena calefacción o no poder comprar ropa apropiada. Pero a pesar de todas esas dificultades fue una experiencia maravillosa para él, consiguó su sueño hacerse realidad.
En 1965, regresó a Caracas, Venezuela y después de dos meses, un amigo lo llamó y le informó que en la escuela de Arte de Maracaibo estaban necesitando un profesor. Entonces decidió mudarse a esa ciudad, Francisco se convirtió en maestro de arte, había logrado su sueño, y le brindó a las Artes en Venezuela un interesante aporte, todo adquirido en su perfección.












jueves, 15 de enero de 2015

El Nacimiento de un Artista



Nació casi en plena selva, en la calle de Las Cayenas de Caripito, estado Monagas. Si, la selva comenzaba ahí mismo, al final de la calle donde vivía. En esa región su padre, Diego Bellorín Villaroel, trabajaba como obrero petrolero. Él fue un hombre justo y sobre todo trabajador, vertical y honrado. Esa es su herencia. Y su madre, Angela López de Bellorín, era y es una mujer maravillosa.


Ya a los 12 Años, cuando Salió de la primaria, sabía que quería ser pintor. Para entonces sus padres, sus seis hermanos y el habían ya deambulado por varias poblaciones del Oriente de Venezuela y llegado a Caracas, donde también iniciaron otro deambular que incluyó La Charneca, en San Agustín del Sur, Catia y finalmente, Los Rosales.


“A mí me marco más el cerro de Caracas que la Selva de Monagas. Es precisamente en la laguna de Catia donde conozco a un fotógrafo que además pintaba. A ese señor yo lo veía trabajando, y me encantaba observar como, sobre las personas que fotografiaba en blanco y negro, dibujaba collares, aretes y otros adornos en colores. Él trabajaba con óleo, y cada vez que limpiaba su paleta para cambiar materiales o terminar su jornada, yo me asombraba y pensaba: ¡Que desperdicio! Un día le pedí que me regalara ese sobrante y el encantado, lo hizo, y además comenzó a hablarme sobre la pintura. Yo tenía 14 Años, el estaría cerca de los 40 y se llamaba Máximo Martínez.
A mí me fascinó ese personaje y lo que decía … Me hablaba de la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas, para entonces situada cerca del Panteón, en La Pastora; me hablaba de Marcos Castillo y Rafael Monasterios, de lo que ellos hacían y de la pintura en general. Las facilidades para el dibujo, que yo supe que tenía durante mis estudios de primaria, y la presencia de Máximo en mi adolescencia definen mi vida como pintor. Para mí, la Escuela de Artes Plásticas de Caracas fue un templo:  ver de cerca a todos esos personajes a Marcos Castillo, a Monasterios, que ya eran mayores y estaban jubilados consagrados, fue una maravilla.
En 1960, cuando regreso de la Escuela, se y siento que tengo que comenzar a caminar solo. Pero ya estaba loco por irme para Europa a constatar la existencia de Gauguin, de Matisse y de todos esos grandes de la pintura. Sonaba con tener delante de mí todo lo que había visto en los libros.
Siempre fui muy introvertido solitario: lo fui desde niño y mucho más adolescente. Así que mi sueño de irme a Paris fue alimentado desde mi introspección, con toda mi imaginación, hasta el día en que me embarque en el puerto de La Guaira, rumbo al otro continente. Llevaba mis 19 Años y doscientos Bolívares"


Caripito - Estado Monagas


Escuela de Arte Cristobal Rojas Caracas Venezuela


Escuela de Artes de Paris - Francia